Empatía y compasión

Enseñando la empatía y la compasión a nuestros hijos

Desde hace algunos años, Dios nos ha estado enseñando algo que parece sencillo, pero que muchas veces cuesta llevar a la práctica: escuchar Su voz y obedecer. Porque, en muchas ocasiones, queremos escuchar a Dios, pero no siempre estamos dispuestos a seguir Sus instrucciones, especialmente cuando nos llevan fuera de nuestra comodidad.

En ese camino hemos aprendido que muchas de las oportunidades para enseñar empatía y compasión a nuestros hijos aparecen en la vida cotidiana, a través de las personas que Dios pone en nuestro camino. Algunas necesitan un hogar por un tiempo; otras, simplemente alguien que se siente a tomar un café y las escuche; y otras necesitan un plato de comida, una oración o que alguien les recuerde que su historia todavía puede cambiar.

Dios nos mostró una puerta que no esperábamos: el acogimiento temporal. Esto significa abrir las puertas de nuestro hogar para recibir, durante un tiempo, a niños, niñas o adolescentes cuyos derechos han sido vulnerados por situaciones de abandono, negligencia, abuso u otras circunstancias, y que no pueden permanecer con su familia biológica mientras se resuelve su situación.

Cada niño que llega a nuestro hogar trae consigo una mochila invisible, cargada de miedos, inseguridades y preguntas sin respuesta. Algunos desconfían de los abrazos; otros se asustan con facilidad; y algunos simplemente guardan silencio. Esto nos ha enseñado a mirar más allá de lo que vemos, porque detrás de cada conducta y de cada persona hay una historia que desconocemos. Quien vive en la calle tiene un nombre, una historia y sueños. Quien necesita ser escuchado quizá lleva mucho tiempo sintiéndose solo.

Como padres, tenemos la enorme responsabilidad de formar hijos con un corazón sensible. En un mundo donde es tan fácil criticar, señalar o etiquetar a las personas, necesitamos enseñarles a detenerse antes de juzgar. Hoy quiero compartir tres enseñanzas que considero fundamentales.

  1. Enseñemos a mirar la vida desde el lugar del otro

Muchas veces escuchamos frases como: «Ese niño es malcriado» o «Esa persona no quiere salir adelante.» Sin embargo, ¿Qué pasaría si, antes de emitir un juicio, nos preguntáramos qué historia hay detrás?

Nuestros hijos necesitan aprender que las personas no siempre actúan por maldad; muchas veces actúan desde sus heridas.

  1. Enseñémosles que la compasión siempre nos mueve a hacer algo

La empatía nos ayuda a comprender el dolor; la compasión nos impulsa a responder, a hacer algo y a no pasar de largo ante una necesidad. Puede ser un abrazo, una palabra de ánimo, una oración, compartir lo que tenemos o simplemente escuchar.

Nuestros hijos aprenderán mucho más de lo que hacemos que de lo que les decimos.

  1. Recordémosles que cada acto de amor puede cambiar el futuro de alguien

Hace algunos meses conocí a Kevin, un joven que vive en las calles. Muchos pasan junto a él sin detenerse, y otros lo juzgan por su apariencia. Pero cuando escuché su historia entendí que, antes de ser el joven que todos ven hoy, Kevin fue un niño.

Un niño que fue abandonado, que creció sin una familia que le enseñara cuánto valía y que necesitaba que alguien creyera en él.

Mientras lo escuchaba, pensaba: ¿Qué habría pasado si alguien se hubiera detenido a mirar más allá de su situación? ¿Cómo sería su vida si hubiera tenido un hogar seguro, un abrazo o un adulto que le recordara que era importante?

No podemos cambiar el pasado de Kevin, pero sí podemos enseñar a nuestros hijos a mirar con empatía y compasión a quienes Dios pone en su camino: a escuchar antes de juzgar, ayudar antes de señalar y recordar que detrás de cada persona hay una historia que no conocemos.

Los niños de hoy serán los adultos del mañana, y el amor, la empatía y la misericordia que sembremos hoy en sus corazones pueden transformar la manera en que tratarán a los demás.

La Biblia nos recuerda en Mateo 5:16:

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

No somos una familia perfecta, y nunca llegaremos a serlo. Algunas veces también pasamos de largo, cometemos errores y volvemos a intentarlo. Pero cada día tenemos la oportunidad de sembrar algo valioso en el corazón de nuestros hijos: enseñarles a mirar más allá de sí mismos, a detenerse ante el dolor de otros y a responder con empatía, compasión y misericordia.

Por: Ginneth Molano de Elias

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