Un legado

Las lecciones aprendidas, un legado de papá

Mi padre fue un gran hombre, quien lo conoció sabe que fue un hombre de Dios con un gran corazón. No lo expreso simplemente porque soy su hijo, aprendí tanto de él que parte de lo que ahora soy se lo debo a cada enseñanza que me dio. Entre conversaciones, historias y con su testimonio de vida, aprendí tanto de él, aunque tal vez nunca me miró de frente diciendo que me daría una lección.

Aprendí que nunca es tarde para empezar de nuevo, después de perderlo absolutamente todo a causa de un desastre climatológico se levantó con las manos alzadas al cielo y su cabeza en alto para iniciar de cero. Ahora puedo comprender que esa fortaleza solo era reflejo de lo que tenía adentro, con templanza y manteniendo la fe, sin renegar ni reprochar nada a Dios por lo sucedido. Siendo un hombre mayor tomó la decisión de seguir a Jesús y buscar siempre ser como Él.

Aprendí a tener siempre una sonrisa, ser empático y sonreír a pesar de las dificultades que pudiera estar pasando, pues la sonrisa es cuestión de actitud y no es algo circunstancial. Decido ser feliz, cambiar la cara triste por una cara alegre, cambiar el sentimiento de enojo por el de felicidad. De papá aprendí a estar siempre alegre por el gozo de la salvación, tal como se lee en Proverbios 15:13 (RVR1960): El corazón alegre hermosea el rostro.

Aprendí a establecer prioridades, Dios, familia, trabajo y luego todo lo demás. Amar a Dios por sobre todas las cosas es lo primordial, servir a las demás personas, llevar una vida de integridad, dando al necesitado, todo eso refleja el amor de Dios en nuestra vida. Me enfoco en respetar y amar a mi esposa, enamorarla cada día, dedicarles el tiempo necesario a mis hijos. En fin, ser un padre presente y visible estar para ellos cuando me necesiten en cada temporada de su vida.

Por Dugglas Recinos

 

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